La inteligencia artificial ha transformado radicalmente los conflictos armados modernos, acelerando operaciones militares a una escala sin precedentes. En las primeras 48 horas de la reciente ofensiva contra Irán, sistemas automatizados identificaron y atacaron más de mil objetivos, según reveló un relator de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Este avance tecnológico no solo ha incrementado la velocidad de los bombardeos, sino que también ha redefinido las estrategias de guerra, donde algoritmos y datos reemplazan, en parte, las decisiones humanas en el campo de batalla.
El experto advirtió que esta evolución conlleva riesgos graves, especialmente para la población civil. En conflictos recientes, como los de Ucrania, Sudán, Myanmar y Palestina, las viviendas han sido de los primeros blancos en ser destruidos, un patrón que se repite con alarmantes similitudes. En Gaza, por ejemplo, se estima que más del 92% de la infraestructura residencial ha sufrido daños severos o ha sido reducida a escombros. Este fenómeno, denominado *domicidio* —un término que resurgió durante la Segunda Guerra Mundial—, describe la destrucción deliberada de hogares como táctica de guerra, una práctica que hoy se observa en zonas de conflicto como Gaza, Ucrania e Irán.
El relator subrayó que, en muchos casos, los ataques no distinguen entre objetivos militares y civiles. Un ejemplo claro es la estrategia israelí, donde gran parte de su infraestructura de mando y control se encuentra bajo ciudades densamente pobladas, como Tel Aviv. Esta superposición entre bases militares y áreas residenciales aumenta el riesgo para los civiles, quienes terminan pagando el costo más alto de la guerra.
Ante este escenario, el experto insistió en que la reconstrucción posconflicto debe priorizar la recuperación de viviendas, no como un simple proyecto inmobiliario, sino como un proceso integral de reparación para las comunidades afectadas. De lo contrario, advirtió, las políticas de reconstrucción podrían incurrir en ilegalidades al ignorar las necesidades humanas y sociales de quienes perdieron sus hogares. La vivienda, más que un techo, es el pilar para restablecer la dignidad y la estabilidad en sociedades devastadas por la violencia.
La incorporación de la inteligencia artificial en la guerra plantea dilemas éticos y legales que la comunidad internacional aún no ha resuelto. Mientras los sistemas automatizados permiten operaciones más precisas en teoría, en la práctica su uso ha demostrado que la tecnología puede amplificar los errores humanos, con consecuencias devastadoras. La pregunta que queda en el aire es si el mundo está preparado para regular estas herramientas antes de que su impacto sea irreversible.











